Un Nuevo Comienzo
Después de semanas en espera, cada pedalada de hoy se
siente como el latido de un corazón que, tras un largo silencio, retoma su
canción
Ni el frío de la mañana ni esa hora de sueño robada
por el cambio horario pudieron frenar nuestras ganas de volver a pedalear.
La brisa fría nos envolvía y nos obligaba a
abrigarnos bien, aun sabiendo que horas más tarde subiría la temperatura, pero no
lograba apagar el entusiasmo ni las sonrisas al volver a encontrarnos. Entre
bromas y abrazos, la energía del grupo llenaba el ambiente, mientras nuestras
bicicletas aguardaban impacientes, como galgos en la línea de salida.
La Alegría del Reencuentro
Tras un mes de pausa, con las lluvias dejándonos
fuera de juego, las caras lo decían todo: una mezcla de ilusión acumulada y la
alegría de compartir el momento juntos. Ángel,
Enrique, Ernesto, Jesús, Juan, Luis Ángel, Pedro, Rafa, Raúl y Alfonso… una
lista de nombres que hoy personifica el espíritu del grupo. Esa
chispa especial que solo surge cuando volvemos a pedalear juntos.
La ruta prometía desafíos: más kilómetros de
lo habitual y un desnivel respetable. Alguno,
entre risas nerviosas, dejaba caer que quizá el parón se notaría más de lo
deseado en las piernas. Y ahí estaba Luis Ángel, con
su regreso valiente tras superar una rotura de clavícula. Pero todos
listos para afrontar lo que viniera.
Un Paisaje Renovado
Cambiar el barro por las pistas no es
renunciar a la aventura, sino adaptarnos al carácter del terreno y esforzarnos
por recuperar el fondo perdido.
Con un ritmo tranquilo, casi calculado,
empezamos a sortear los primeros desniveles. Nos
dirigimos hacia un destino especial: la Cascada del Hervidero, donde el Río
Guadalix, con su carácter travieso, esculpe formas caprichosas en el
paisaje.
Hoy la jornada parece que se alargará, pero a nadie
le importa hacer un alto en el camino. Disfrutamos
del espectáculo que se nos regala y sacamos unas fotos para llevarnos el
recuerdo.
Las pistas, firmes y abiertas, nos devuelven a
la acción. A nuestro alrededor, el paisaje luce renovado
por las lluvias, con los campos bañados en verdes intensos que se extienden
hasta el horizonte, mientras el aire fresco nos llena los pulmones de vida.
Seguimos avanzando en un ascenso constante que
nos lleva hasta el cerro y la reconstruida Atalaya de El Molar, una de
las seis atalayas defensivas árabes que vigilaban la sierra norte de Madrid,
donde nos tomamos un momento para reagrupar y contemplar las vistas.
Kilómetros y Paisajes
Dejamos atrás la localidad de El Molar y
seguimos nuestro recorrido por las carreteras de servicio del Canal de Isabel
II, fieles compañeras de ruta. Nos acercamos a la Estación
de Tratamiento de Agua Potable de Torrelaguna, para enfrentar el único
descenso por camino pedregoso del día, antes de cruzar la M124.
Retomamos la marcha por un camino donde un
rótulo de madera nos anuncia sin rodeos los 2,3 kilómetros de ascenso que nos
aguardan, de nuevo por carretera de servicio. Sabemos
bien lo que viene, pues ya hemos probado su dureza en anterior ocasión y
nuestras piernas parecen recordarlo.
Cada uno encuentra su ritmo, sin prisas. En
las laderas, las huellas de las recientes lluvias son evidentes:
desprendimientos aquí y allá, con tierra y piedras arrastradas que han marcado
el terreno. El paisaje nos recuerda la fuerza de la
naturaleza y lo cambiante que puede ser el entorno.
En Venturada, la parada grupal es un
respiro bienvenido. Es momento de hacer alguna
foto, rellenar bidones en fuente generosa y quitarse alguna capa de ropa, no
demasiada, porque a pesar de que la temperatura ha subido, el aire continúa
siendo fresco. Listos para reemprender la
marcha.
Por delante nos espera un tramo largo por
carretera, que después nos llevará a recorrer la de servicio del Canal Alto. A
medida que avanzamos, bordeamos los límites del embalse de Pedrezuela (antes
llamado: del Vellón). Construido en 1968, aguas
arriba del azud de El Mesto, para regular las aguas del cauce del río Guadalix.
Al acercarnos a la presa, el paisaje alcanzaba
su punto culminante, el espectáculo cobraba vida. El
sonido atronador del desagüe y la fuerza del agua liberada nos dejaron
hipnotizados. Era como si todo el entorno vibrara con la
energía imponente del embalse rebosante.
El Momento Final
Nos quedaban más de 15 kilómetros por delante,
pero la prisa se había desvanecido. El
tiempo parecía haberse detenido, impresionados con todo lo que nos rodeaba. Tuvo que ser el vigilante de la presa quien nos sacara del letargo, recordándonos que no
podíamos permanecer allí por más tiempo.
Reanudamos la marcha, enfrentándonos a los
últimos kilómetros. Sin grandes desniveles, pero
con los constantes toboganes del terreno, avanzábamos casi por inercia,
aprovechando los descensos para superar cada pequeña subida.
Algunos compañeros, pletóricos y llenos de
energía, exprimieron al máximo sus fuerzas, seguro que eufóricos por todo lo
que habían vivido. Otros, sentían que sus fuerzas
alcanzaban el nivel de reserva, pero sin caer en el desánimo, siempre
acompañados.
Finalmente, pocos minutos separaron al primero
del último en cruzar la meta. Hubo tiempo para abrazos
llenos de “orgullo y satisfacción”.